Los problemas agrarios actuales

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La irrupción de un movimiento de “autoconvocados” al comienzo del año, con vigilias en rutas en varios puntos del país, en la que contaron con apoyo de diversos sectores del campo, y la realización de un acto el 23 de enero en Durazno de características masivas, genera en distintas filas, y particularmente en la izquierda, un debate por un lado sobre cómo posicionarse frente a este movimiento, y por otro sobre la necesidad revisar y actualizar las posiciones que tienen las distintas agrupaciones sobre los problemas agrarios.

Llamativamente, ha aparecido en algunos sectores, incluso algunos que provienen de vertientes marxistas, una especie de “saravismo”, donde ven la unidad del “campo” como movimiento progresista o de los más humildes y postergados. Y donde se pone la contradicción más importante en el campo entre “extranjeros” y “nacionales”, este problema merece la mayor atención ya que del mismo brotan distintas actitudes políticas.

Para empezar, la aparición o reaparición de la crisis que vive el “campo” tiene como fuente principal la normalización del contexto económico, y particularmente el descenso de los precios internacionales de las materias primas (o commodities) que vende el país. En los años que estos precios estuvieron en los picos históricos, las tendencias que tiene el capitalismo pasaron desapercibidas, vuelto a la normalidad, estas afloran, y ponen en movimiento toda una lucha entre clases y entre facciones de las clases capitalistas por la apropiación de la plusvalía, de la renta y en muchos casos básicamente por sobrevivir.

Si juzgamos al movimiento de “autoconvocados” por el programa que levantan, que se expresa en lo que los distintos voceros han dicho y publicado, y en lo que se leyó en Durazno y fundamentalmente en quiénes hicieron uso de la oratoria, si tomamos en cuenta su posición frente a las gremiales históricas y el rol que ellos dicen jugar frente a estas, no podemos dejar de valorarlo como un movimiento que defiende los intereses de la oligarquía y que hace, de vez en cuando, alguna concesión a los sectores más pobres.

Y este movimiento jugó primero en un año importante para los sectores populares, en la última rendición de cuentas del actual período de gobierno, la última oportunidad que tienen los sectores populares para poner sobre la mesa sus reivindicaciones y la ampliación del gasto público, este movimiento empieza flechando la discusión y poniendo sus visiones y planteos: no más impuestos, es decir, imposibilidad de ampliación del espacio fiscal, necesidad de achicar el Estado y la urgencia de mejorar la rentabilidad devaluando la moneda nacional frente al dólar.

Es verdad que en este movimiento participan no sólo la oligarquía o las cámaras empresariales, al mismo también se han sumado colonos, pequeños y medianos productores con problemas serios, entre otros. Sectores que la clase obrera tiene la necesidad de plantearles una alianza o que se pueden ubicar dentro del campo popular. Pero esta necesidad no implica sumarse a cualquier movimiento, la formación de una alianza implica un programa desde la perspectiva de la clase obrera, no tomar la clase obrera el programa de los sectores reaccionarios del campo para estar junto a sus posibles “aliado”.

Este debate es necesario, y tiene que plantearse sobre la base de una actualización del estudio de la estructura económico social del campo, y de volver a definir qué entendemos por reforma agraria y cuáles van a ser los sectores que la lleven adelante.

Contexto histórico

Nuestro país está marcado por la dependencia desde su nacimiento como nación. Como plantean algunos documentos históricos:

El Uruguay, como los otros países de la América Latina, inició tardíamente el proceso de su desarrollo capitalista. Y este proceso fue, desde el comienzo, deformado y contenido por las peculiaridades de su desenvolvimiento histórico1

Las dos principales clases heredadas del colonialismo, los terratenientes y la burguesía comercial vinculada principalmente al puerto de Montevideo, con la apertura comercial fruto del fin de las guerras de independencia, se enlazaron con el imperialismo británico, y más tarde con el norteamericano.

La creación del mercado mundial, el desarrollo de la fase imperialista del capitalismo, y en particular de una de sus características principales, la exportación de capitales, fue moldeando la economía de nuestro país acorde a las necesidades de la metrópolis.

En el último cuarto del siglo XIX ocurre el crecimiento la manufactura en el Uruguay, y con ella del proletariado, que se ve reforzado por la inmigración proveniente de Europa, pero el <<desarrollo capitalista del país se produce así, deformado, en el cuadro de las relaciones semifeudales de producción y de una dependencia creciente del capital extranjero (…)>>2.

Aunque para nosotros es evidente que el término “semifeudal” pertenece a una etapa de la historia del país, pero no de la actual. Si existe algún rasgo feudal, hoy tiene un carácter insignificante. La estructura agraria de nuestro país, como dice Trías, es de un capitalismo complementario al servicio del imperialismo, y continúa:

El Uruguay cumple, en el sistema imperialista. el papel de proveedor de carnes y lanas baratas, y éstas se obtienen en los cuadros del capitalismo colonial, mediante la ganadería extensiva (latifundio) y la intensa explotación de la mano de obra.

Esta es la médula de nuestro estatuto colonial y, por ende, de nuestro subdesarrollo.

En torno a él se disponen los otros factores que integran su imagen; el capitalismo mercantil que comercializa la producción del latifundio y de la agricultura capitalista, la banca que financia a ambos, la propia industria acaparada por la oligarquía latifundista y por el capital extranjero y que opera en su forma monopolista frenando, y no impulsando, el verdadero desarrollo industrial.

Este conjunto se asemeja a una constelación que hemos llamado la <<constelación del latifundio>>, porque este es su eje principal.

Tal estructura se refleja en el plano político—social. En el Uruguay no existe una burguesía industrial y nacional como clase independiente y opuesta, en lo esencial, a la oligarquía latifundista, sino una sola clase propietaria y dominante que suma, en sus manos todos los factores de la economía (tierra, banca, comercio e industria monopolista) en estrecho maridaje con el imperialismo y todos los resortes del poder político. La expropiación del latifundio es, pues, el derrumbe de todo el sistema: implica la destrucción de los fundamentos del poder político oligarca y la liberación del imperialismo. Solo la revolución nacional (y no democrático-burguesa), anti-capitalista y primera fase del desarrollo socialista, es capaz de llevar adelante dicha tarea.

Por estas razones la consigna <<Tierra, ahora>>, es en el Uruguay, una consigna anti-capitalista y revolucionaria.3

Un conjunto de cambios en la economía mundial y nacional han profundizado el estatus de semicolonia de nuestro país. El inicio de estos, tienen que ver, en primer lugar con el agotamiento del modelo “neobatllista” en nuestro país, que tuvo como principal exponente a Luis Batlle Berres, y que dio lugar a la victoria del Partido Nacional en 1959, donde se firma la primera carta intención, y en segundo lugar, la crisis de rentabilidad que vive el mundo en esos mismos años.

Las medidas que impulsaron organismos financieros mundiales, principalmente el Fondo Monetario Internacional (FMI), que tomó como marco teórico -principalmente apologético y propagandista- el neoliberalismo, apuntaron a un ajuste a nivel global, que expresó las necesidades del capital financiero, y en particular el de su facción dominante, el estadounidense, y que buscaron aumentar la extracción de plusvalía en todo el mundo, como manera de paliar la tendencia que existe del descenso de la tasa de ganancia.

El otro hecho relevante es el gran avance de las tecnologías de la información y comunicación, que permitió a los monopolios imperialistas dislocar partes enteras del proceso de producción, y localizarlas en los lugares dónde se hallan las materias primas y/o las fuentes de trabajo más baratas, logrando así una maximización de las ganancias.

En la década pasada, se desarrollan dos hechos fundamentales además, que afectan la economía mundial y la de nuestro país. Uno es la crisis que se da a partir del año 2006 en los países centrales, que genera un redireccionamiento de la inversión al resto del mundo, una inundación de Inversión Extranjera Directa a los llamados países “periféricos”, y junto a esto la gran demanda de China de materias primas (o commodities), que genera picos en los precios de productos como la soja, los combustibles, etc.

Consecuencias en el campo Uruguayo

La instalación de grandes plantas de celulosa, que eligen nuestro país por las condiciones para desarrollar la forestación, y que cumplen un rol de abaratamiento de los fletes, la extensión de las plantaciones de soja, son algunos de los rasgos más visibles del proceso que describimos.

La inversión en la década anterior ha tenido un crecimiento conocido ya por todos, paso 250 millones de USD en 1998/2000 a 1.685 millones de USD en 2007/2009, a 2.590 millones de USD en el 2010/20124.

La gran demanda de tierra por las plantas de celulosa que se instalaron (las plantas producen la mayor parte de la madera que procesan) y la llegada de capitales para plantar soja produjo una gran demanda de tierra que disparó el precio. Según el anuario estadístico del MGAP del 2016 del año 2000 al 2015 se transó una superficie de casi ocho millones de hectáreas, aproximadamente la mitad de la superficie agrícola, el valor de lo transado se acerca a los 12.000 millones de USD, y el valor por hectárea pasó de 448 USD en el año 2000 a los 3.584 USD al año 2015. Además tomando los años entre el 2000 y el 2015, tenemos que el 75% de las operaciones de compraventa fueron de una escala menor a 200 hectáreas.

El crecimiento de la soja y la forestación ha sido considerable, favorecido por la legislación nacional (ley de promoción de inversiones, ley forestal, etc.), por la demanda de las papeleras que se vienen instalando y por la demanda internacional. La soja pasó de abarcar una superficie de 12 mil hectáreas en 1999/2000 a más de un millón en el 2012/2013, la forestación pasó de 150 mil hectáreas plantadas a fines de noventa a cerca de un millón en la actualidad5.

En el medio de esta “bonanza” para el agro, es que se desarrolló un acelerado despoblamiento de la campaña, la desaparición de pequeños y medianos productores y la disminución de trabajadores.

La crisis agraria

La recomposición de las economías en los países centrales, la desaceleración de China, y la caída en general de los precios de las materias primas en el mundo, generan la disminución de las ganancias de los sojeros, arroz, etc., achicando los márgenes, y poniendo en duda la rentabilidad de las pequeñas y algunas medianas explotaciones.

Terminado el período de altos precios, que permitían la rentabilidad en explotaciones pequeñas y medianas, la tendencia del sistema a la ruina de los pequeños productores frente al avance de las explotaciones capitalistas genuinas y en gran escala se termina imponiendo.

Los mismos pierden liquidez, se endeudan, y quedan arrinconados en el sistema, de esto se aprovechan los grandes productores y terratenientes, quienes haciendo algunas concesiones, logran con estos formar un movimiento de masas, que lleva adelante las reivindicaciones de los últimos, que tienen por objetivo recomponer los márgenes de ganancia.

Pero la crisis no fue resultado únicamente de factores externos, sino que la orientación de los gobiernos de la salida democrática a la fecha, de apertura y liberalización del país, profundizada por el gobierno del Frente Amplio, es la precursora de esta crisis.

El gobierno podría haber tomado medidas de defensa de la producción familiar en el campo, o tomar medidas para que no se vayan pequeños productores y terminen vendiendo sus tierras, pero la orientación es dejar todo al “dios mercado” y las consecuencias están a la vista.

La aparición de sociedades anónimas como el formato jurídico predominante en las propiedades rurales, la tremenda extranjerización de la propiedad de la tierra en los últimos años, llegando a estar la mitad del territorio en manos de extranjeros, la disminución de alrededor de 11 mil productores en lo que va de los gobiernos frenteamplistas, son las consecuencias de un modelo alineado a las directrices fondomonetaristas.

El socialismo frente al problema agrario

Marx y Engels sentaron lineamientos en torno al problema agrario y cómo se debe parar el partido de la clase obrera, con respecto a las clases que existen en el campo, que ostentan una vigencia indiscutible. Marx señala con respecto a la nacionalización de la tierra:

La propiedad de la tierra es la fuente original de toda riqueza y se ha convertido en el gran problema de cuya solución depende el porvenir de la clase obrera.

(…) el desarrollo económico de la sociedad, el crecimiento y la concentración de la población, que vienen a ser las condiciones que impulsan al granjero capitalista a aplicar en la agricultura el trabajo colectivo y organizado, a recurrir a las máquinas y otros inventos, harán cada día más que la nacionalización de la tierra sea «una necesidad social», contra la que resultarán sin efecto todos los razonamientos acerca de los derechos de propiedad.

(…) los conocimientos científicos que poseemos, al igual que los medios técnicos de practicar la agricultura de que disponemos, como las máquinas, etc., sólo pueden emplearse con éxito si se cultiva la tierra en gran escala.

(…) En el Congreso de la Internacional, celebrado en 1868, en Bruselas, uno de nuestros camaradas dijo:

«La pequeña propiedad privada de la tierra está condenada por la ciencia, y la grande, por la justicia. Por tanto, queda una de dos: la tierra debe pertenecer a asociaciones rurales o a toda la nación. El porvenir decidirá esta cuestión».

Y yo digo lo contrario: el movimiento social llevará a la decisión de que la tierra sólo puede ser propiedad de la nación misma. Entregar la tierra en manos de los trabajadores rurales asociados significaría subordinar la sociedad a una sola clase de productores.

La nacionalización de la tierra producirá un cambio completo en las relaciones entre el trabajo y el capital y, al fin y a la postre, acabará por entero con el modo capitalista de producción tanto en la industria como en la agricultura.6

Engels escribe en 1984 el folleto “El problema del campesino en Francia y en Alemania” en el que busca corregir un conjunto de errores y concesiones que había hecho el partido socialdemócrata francés en su programa agrario, los elementos planteados no pueden caracterizarse menos que de importancia capital para el marxismo:

Por pequeño campesino entendemos aquí el propietario o arrendatario —principalmente el primero— de un pedazo de tierra no mayor del que pueda cultivar, por regla general, con su propia familia, ni menor del que pueda sustentar a ésta. Este pequeño campesino es, por tanto, como el pequeño artesano, un obrero que se distingue del proletario moderno por el hecho de hallarse todavía en posesión de sus medios de trabajo; es, por consiguiente, un vestigio de un modo de producción propio de tiempos pretéritos.

(…) Un punto hay en que nuestros camaradas franceses tienen, indiscutiblemente, razón: contra la voluntad de los pequeños campesinos no cabe, en Francia, ninguna transformación revolucionaria duradera. Pero, me parece que, si quieren ganar a los campesinos, no abordan el asunto acertadamente.

Se proponen, a lo que parece, ganar a los pequeños campesinos, de la noche a la mañana y, a ser posible, para las primeras elecciones generales. Para conseguir esto, tienen que hacer promesas generales muy arriesgadas, en defensa de las cuales no tienen más remedio que aventurar consideraciones teóricas más arriesgadas todavía.

(…) Digámoslo francamente: dados los prejuicios que les infunden toda su situación económica, su educación, el aislamiento de su vida y que nutren en ellos la prensa burguesa y los grandes terratenientes, no podemos ganar de la noche a la mañana a la masa de los pequeños campesinos más que prometiéndoles cosas que nosotros mismos sabemos que no hemos de poder cumplir. Tenemos que prometerles, en efecto, no sólo proteger su propiedad a todo evento contra el empuje de todos los poderes económicos, sino también liberarles de las cargas que ya hoy los oprimen: convertir al arrendatario en un propietario libre y pagar sus deudas al propietario agobiado por las hipotecas. Si pudiésemos hacerlo, volveríamos a encontrarnos en la situación que ha sido el punto de partida de donde se ha venido a parar forzosamente al estado de cosas actual. No habríamos liberado al campesino; no habríamos hecho más que concederle un respiro en la horca.

(…) En primer lugar, es absolutamente exacta la afirmación, concebida en el programa francés, de que, aun previendo la inevitable desaparición de los pequeños campesinos, no somos nosotros, ni mucho menos, los llamados a acelerarla con nuestras ingerencias.

Y, en segundo lugar, es asimismo evidente que cuando estemos en posesión del poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente, medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerle evidentes.

(…) Así está planteado el problema, y nosotros venimos a ofrecer a los campesinos la posibilidad de que implanten ellos mismos la gran explotación, no por cuenta del capitalista, sino por su propia cuenta, colectivamente. ¿No será posible hacer comprender a los campesinos que esto va en su propio interés, que es su único medio de salvación?

Ni ahora ni nunca podremos prometer a los campesinos parcelistas la conservación de la propiedad individual y de la explotación individual de la tierra contra el empuje arrollador de la producción capitalista. Lo único que podemos prometerles es que no nos entrometeremos violentamente en su régimen de propiedad contra la voluntad de ellos. Podemos abogar también por conseguir que la lucha de los capitalistas y grandes terratenientes contra los pequeños campesinos se libre ya hoy con la menor cantidad posible de medios ilícitos, evitando en lo posible el robo y la estafa directos, que se dan con tanta frecuencia. Esto sólo se conseguirá en casos excepcionales. En el modo de producción capitalista desarrollado, nadie sabe dónde acaba la honradez y empieza la estafa. Pero el que el poder público se ponga de parte del estafador o de parte del estafado, supone siempre una diferencia considerable. Y nosotros estamos resueltamente de parte del pequeño campesino;

(…) es deber de nuestro partido hacer ver constantemente sin cesar a los campesinos que su situación es absolutamente desesperada mientras domine el capitalismo, hacerles ver la absoluta imposibilidad de mantener su propiedad parcelaria como tal, la absoluta certeza de que la gran producción capitalista pasará por encima de su impotente y anticuada pequeña explotación, como un tren por encima de un carrito de mano. Si lo hacemos así, obraremos como lo exige la inevitable evolución económica, y ésta se encargará de hacer que los pequeños campesinos presten oído a nuestras palabras.

(…) Pero la cosa cambia completamente allí donde predominan los campesinos medios y ricos y donde el tipo de explotación requiere con carácter general la ayuda de peones. Naturalmente, un partido obrero tiene que defender en primer término los intereses de los obreros asalariados, y por tanto, los de los peones y de los jornaleros. Le está vedado de suyo, por consiguiente, hacer a los campesinos ningún género de promesas que llevan consigo la persistencia de la esclavitud asalariada del obrero.

La única categoría en que el problema se presenta sencillísimo es la de los grandes terratenientes. Aquí, estamos ante explotaciones capitalistas manifiestas, y no valen escrúpulos de ninguna clase. Aquí, nos enfrentamos con proletarios agrícolas en masa, y nuestra misión es clara. Tan pronto como nuestro partido tome posesión del poder del Estado, procederá a expropiar sin rodeos a los grandes terratenientes, exactamente lo mismo que a los fabricantes industriales.

Tenemos aquí el programa agrario del socialismo desarrollado en sus rasgos generales.

La reforma agraria

Es deber de los socialistas, tomar la teoría como guía y no como dogma, y diseñar una práctica política sobre el estudio de la realidad concreta, por eso es necesario señalar algunos rasgos de nuestro campo.

Nuestro país tiene una demografía particular, según la Encuesta Continua de Hogares del INE 2011, 95% de la población se concentra en áreas urbanas cuya cifra asciende a 3.086.686. El 5% restante vive en zonas rurales, lo que totaliza 164.840 personas. Si tomamos en números grueso del Censo Agrario del mismo año podemos ver que existen poco más de 24 mil pequeños explotaciones (hasta 100 hectáreas, donde trabaja principalmente la familia y en rara ocasión contratando trabajo zafral) esto significa el 55% del total de explotaciones, y que abarcan una superficie de 734 mil hectáreas que no llegan a ser el 5% del total. Al otro lado de la pirámide el 18% de los establecimientos abarcan el 78% de la superficie.

Según Búsqueda del día 23 de marzo de 2017, poco más de 90 empresas , principalmente sociedades anónimas, son propietarias de 5,7 millones de hectáreas, algo así como el 35% de la superficie explotada. En el listado de las empresas se encuentran: Union Agriculture Group (UAG) con unas 320.000 hectáreas, Stora Enso con 308.000 hectáreas, Agronegocios del Plata con 156.994 hectáreas, Guanaré (Forestal Atlántico Sur) con 111.800 hectáreas, Forestal Oriental (UPM) con 115.709 hectáreas, y de ese mismo grupo figura la subsidiaria Uruwood con 115.000 hectáreas y Eufores, una empresa adquirida en 2009 por el joint venture conformado por Arauco y Stora Enso, que tiene 369.000 hectáreas.

Existen ademas 115 mil trabajadores en su mayoría vinculados al rubro de la ganadería, en particular la lechería, luego le siguen la horticultura, los ovinos, la soja, el arroz, las aves, entre otros.

Cómo muestran los números la principal población en el campo o que trabajan en el campo son los obreros agrícolas, le siguen los pequeños productores (“campesinos”) que abarcan una ínfima parte de la superficie.

En el Uruguay además no existe en la actualidad movimiento que reivindique la tierra, a pesar que sí han existido en nuestra historia, levantando la bandera de “tierra para el que la trabaja” y “tierra, ahora”, movimientos que existen en otros países (el MST en Brasil por ejemplo).

Sin duda en nuestro país es necesario establecer una alianza con los aliados naturales de la clase obrera, los trabajadores agrícolas, y una alianza política y estratégica con los pequeños productores para el compromiso de mantener la proveimiento de alimentos y bienes básicos, sin los que sería imposible que el proletariado lleve adelante un proceso revolucionario y se mantenga en el poder luego de triunfar. Y esto puede implicar hacer concesiones.

Pero si vemos la situación del campo uruguayo, el despoblamiento y el modelo de explotación, tenemos que concluir que desde la perspectivas de la clase obrera, es innecesario el reparto de la tierra en pequeña propiedades, la reforma agraria en nuestro país, tiene que tener un alto componente socialista, o “socializante” al menos.

Fomentar la pequeña producción en el campo uruguayo, existiendo las condiciones para implementar la producción en gran escala en la mayor parte del territorio, bajo la propiedad estatal, no sólo es reformista, se puede tornar una consigna reaccionaria.

Qué se les puede ofrecer a los pequeñas productores en el corto plazo

El proletariado se enfrenta al productor agrario tanto en el ámbito productivo, le vende su fuerza de trabajo, como en el mercado, mientras el productor quiere vender caro, el trabajador quiere comprar barato. Pero el trabajador sufre con el pequeño productor, la opresión por parte de los bancos y los grandes capitalistas, por esto es posible que encuentre puntos en común para lograr una lucha en conjunto, y para la clase trabajadora, reforzar esta alianza es un problema estratégico.

La situación actual de atraso cambiario, reflota muchas contradicciones entre productores agrarios y trabajadores, y nos obliga a estudiar con detenimiento las distintas medidas que se van proponiendo, teniendo el norte de defender siempre los intereses de los trabajadores, logrando un frente unitario de los trabajadores de la ciudad y el campo, y haciendo esfuerzos para consolidar alianzas con los pequeñas productores del campo.

Hay un conjunto de concepciones e ideas que entreveran la discusión. La primera y más importante es la noción de “defensa de la industria nacional”, que parte de una idealización del capitalismo en nuestro país de mediados del siglo XX, que desconoce la coyuntura concreta en que existió y niega el destino objetivamente infructuoso del mismo.

Pero esta concepción tiene derivados que son extremadamente nocivos para los intereses de la clase obrera, como es el “proteccionismo” como reivindicación general, o la prohibición de importaciones que “compitan con la industria nacional”. Según esto, un trabajador tiene que pagar más caro un bien, porque hay defender la “industria nacional”, esto es en los hechos, una transferencia de recursos de los trabajadores, hacia la clase capitalista “nacional”. Como plantea frente a esto Rosa Luxemburgo:

(…) La política de protección aduanera se ha convertido en una herramienta para transformar los intereses feudales y reflejarlos en forma capitalista.7

Es claro que esta reivindicación no viene en nuestro país de alguna “burguesía nacional”, sino que viene de partidos obreros, que o toman la posición clásica del menchevismo (necesidad de desarrollo del capitalismo) o como respuesta a la “globalización” actual, actúan reivindicando otras épocas más prósperas. Pero para el marxismo, reivindicar lo “viejo” frente a lo “nuevo”, es un planteo reaccionario.

Avancemos. ¿Es favorable para los trabajadores la existencia de una industria, de la producción, o la subsistencia de los pequeños productores en el campo? Sin duda. Pero frente al chantaje de los capitalistas, de bajar el salario, sea directamente o indirectamente (reduciendo su poder de compra, mediante encarecimiento de bienes primarios de consumo), la clase trabajadora tiene que oponerse tajantemente.

El único acuerdo que es legítimo respaldar en vías a salvar a los pequeños productores del campo, es que se transfieran recursos desde las exportaciones más importantes (soja, celulosa, carne mediante las llamadas detracciones) para subvencionar a los mismos y a su vez disminuir los precios en el mercado interno, y lograr así la rentabilidad necesaria para sobrevivir. Y estamos extremadamente interesados en unirnos con estos para impulsar este tipo de medidas.

Pero, cualquier medida que implique, subir los precios de los productos básicos, como la leche, el pan, las frutas y verduras, etc., es contrario a los intereses de los trabajadores, y tienen que encontrar en nosotros una oposición.

También puede plantearse un rol distinto al actual Instituto de Colonización, con el objetivo de evitar la desaparición de los pequeños productores y el despoblamiento de la campaña.

Con perspectivas socialistas, la tierra podría entregarse a quienes quieran trabajarla pero seguir siendo propiedad del estado y determinando qué se producirá en la misma, acorde a criterios de sustentabilidad del suelo (como la rotación de cultivos), enmarcado en un plan nacional de producción de alimentos elaborado en función de las necesidades de toda la población, cuya producción en gran escala a su vez reduciría los costos para el consumo de los trabajadores.

En este marco el estado puede proveer de los insumos y maquinaria para quienes estén dispuestos a trabajar la tierra.

Actualmente el Instituto de Colonización tiene bajo su control unas 450 mil hectáreas (de un total de 600.000 hectáreas afectadas a la Ley de Colonización), superficie más que suficiente para producir alimentos. Cambiarle el carácter al Instituto son medidas que incluso se podrían haber ya tomado, si la política del gobierno no estuviera subordinada al interés de los grandes capitales.

Referencias

1 Historia del Partido Comunista hasta 1951

2 Ídem

3 Trías, Vivian. 1964

4 Rocca, José. Tierra, agua, soberanía.

5 Ídem

6 Marx, Karl. 1872.

7 Luxemburgo, Rosa. Reforma o revolución. 1900.


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