Reflexiones sobre la realidad del movimiento sindical uruguayo

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El congreso del PIT-CNT que se realizó a fines de mayo no transcurrió sin expresiones de cierto descontento por lo menos en algunos sectores del movimiento sindical que participan en esta instancia.

Tres documentos se presentaron para el congreso: el que representa al bloque mayoritario conformado por el SUNCA, la UNTMRA y la AEBU, que son una alianza entre el PCU y el sector Articulación, otro de COFE y otro que está firmado por ocho sindicatos entre los que se encuentra SINTEP, AUTE, AFFUR, SAG, entre otros.

El planteo central del documento del bloque mayoritario que terminó siendo aprobado, es un análisis de la coyuntura en el que identifica que la contradicción fundamental se da entre «dos proyectos de país»: por un lado «el proyecto de la restauración conservadora» y por otro «el proyecto de la clase trabajadora y sus alianzas (…) en un camino crítico de profundización de la democracia». Y plantea además la existencia de un «bloque social» en el que está el gobierno, la fuerza política del gobierno y los movimientos sociales.

Los otros dos documentos, el de COFE y el de los ocho sindicatos, son críticos con los planteos que el PIT-CNT tiene aprobado, tanto con el del «gobierno en disputa», el del «bloque social de los cambios», como el de los «dos proyectos». Desconocemos los motivos por los cuales no pudieron llegar a un acuerdo para presentar un sólo documento que aglutinara tras de sí a cerca del 40% de los convencionales, ya que en los planteos parece haber consensos importantes.

Ambos documentos, pero muy especialmente el de los ocho sindicatos pecan de una timidez excesiva y pareciera que piden perdón para hacer algunas críticas, además de dejar en claro -el documento- antes que nada, que el gobierno del Frente Amplio no ha sido un gobierno más y que ha logrado varias cosas para los trabajadores.

Llama la atención como los descontentos y las luchas que pueden tener sectores de trabajadores en defensa de la independencia de clase y de sus derechos, pueden ser canalizados en este esquema, por esta especie de «oposiciones aceptables».

Es elocuente el hecho de que dejaran de lado las diferencias y las críticas y ambos grupos de sindicatos (COFE y el grupo de los 8) se sumaron a una lista «unitaria» para elegir la Mesa Representativa del PIT-CNT.

Así también en el acto del 1ero de mayo oficial, representantes de esta alianza de sindicatos hicieron uso de la palabra, legitimando una actividad que se hace en conjunto con el gobierno, y en la cual la cabecilla del PIT-CNT hizo alarde de su «pluralidad».

La ausencia principal en este congreso de la central oficial, fue la de un proyecto social de los trabajadores, que no está presente en ningún texto. Y la segunda gran ausencia, es la inexistencia de una tendencia visible, que tenga como elementos de principio combatir al oportunismo.

Se hace necesario una discusión amplia y profunda entre las trabajadoras y los trabajadores de izquierda y con perspectivas socialistas, que permitan sentar las bases para construir otro modelo de sindicalismo, rescatando lo mejor de la historia de nuestro movimiento obrero.

La situación de la clase obrera

La coyuntura extraordinaria de estabilidad del capitalismo a nivel mundial, llamada también «edad de oro», ubicada en la pos guerra (SGM) que terminó en los años 60 con la finalización del período expansivo que tuvo como base la reconstrucción de Europa y otras zonas afectadas por la guerra, fue la antesala de una serie de crisis y convulsiones a nivel mundial.

Se terminaron imponiendo las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista, y se desarrolló en gran parte del globo una crisis de rentabilidad que tuvo como agravante la crisis del petróleo. La respuesta del capital financiero mundial, y muy principalmente de su facción dominante, la estadounidense, fue el impulso de un conjunto de medidas llamadas de ajuste, vehiculizadas por los organismos internacionales nacientes de los acuerdos de posguerra, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM o BIRF).

La crisis de rentabilidad tiene su origen en la tendencia al descenso de la tasa de ganancia, un fenómeno propio del modo de producción capitalista:

La tendencia progresiva de la tasa de ganancia a la baja sólo es, por tanto, una expresión particular al modo capitalista de producción, al desarrollo progresivo de la fuerza social del trabajo.1

Esta tendencia demuestra el carácter contradictorio del capitalismo: el desarrollo de las fuerzas productivas, que permitirían la solución de la realidad material de millones de habitantes del mundo, se expresa en el sistema, en crisis que generan lo contrario.

La tendencia puede ser paliada con el aumento de la plusvalía absoluta y el abaratamiento de los componentes del capital constante (materias primas, máquinas, etc.), por eso las medidas de ajuste que se impulsaron a nivel mundial tienen por objetivos bajar los salarios y el control de materias primas por parte de los monopolios.

Los organismos financieros internacionales tomaron como marco teórico de las medidas de ajuste la doxa neoliberal (o el nuevo resurgimiento del liberalismo), que fue una herramienta apologética y propagandista de estas medidas. Por eso, éstas se conocen también con el nombre de medidas neoliberales.

Públicamente los apologetas de estas medidas las promueven con dos fines, el primero lograr un crecimiento sostenido y estable de las economías, y el segundo, solucionar los graves problemas de endeudamientos que existen a nivel mundial. Pero la realidad muestra que ni el crecimiento sostenido y estable, ni el endeudamiento, sufren mejoras por la implementación de las políticas de ajuste fondomonetarista, más bien lo contrario.

Los apologistas de estas reformas esgrimen la necesidad de las mismas con el fin promover una mayor dinámica y crecimiento de las economías. Si lo comparamos con el crecimiento de la economía mundial a partir de 1960 que es donde entronizan las políticas neoliberales, lo que se dicen buscar no condice con la realidad: la tasa crecimiento global en la década de 1960 fue de 3,5%; en la década de 1970 fue de 2,4%; en la de 1980 fue de 1,4%; en la de 1990 fue de 1,1%; en la del 2000 fue de 1%.2

Y en lo que respecta al endeudamiento, no sólo el problema no ha mejorado sino que ha empeorado en las décadas que se vienen aplicando estas recetas:

En sí los logros más sustantivo de las reformas estructurales o políticas neoliberales «(…) han consistido en redistribuir, no en generar, la riqueza y la renta».3

Con el objetivo de intentar detener la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, las recetas que impulsa el FMI buscan: la destrucción del cuerpo de derechos laborales conquistados con más de un siglo de luchas de los trabajadores, la brutal caída de los salarios y las condiciones de empleo, aumento exponencial de la desocupación, flexibilización y precarización del contrato laboral, retiro del Estado de la gestión de áreas claves de la economía y su pasaje a la especulación privada, resignificación de sus funciones en las áreas vinculadas a la protección social, reservándose la función primordial de garantizar las mejores condiciones para la acumulación del capital.

La desvalorización de la fuerza de trabajo es un objetivo central de las políticas de ajuste fondomonetarista: existe una relación intrínseca entre las privatizaciones, la desregulación y la apertura, así como la reorientación del gasto público para el pago de la deuda, con la caída de los salarios a nivel mundial:

Además las recetas fondomonetaristas apuntan a la redistribución de «(…) la riqueza y la renta mediante reformas del código tributario que conceden un trato de favor a los beneficios generados por la inversión frente a los que proceden de los salarios y de otro tipo de ingresos, la promoción de elementos regresivos en la legislación fiscal (como los impuestos a las ventas), la imposición de tasas a los usuarios de los servicios (actualmente es un fenómeno generalizado en la China rural), y la introducción de un amplio elenco de subvenciones y de exenciones fiscales destinadas a las corporaciones».4

Estas reformas estructurales, tienen por objetivo -como decíamos más arriba- la reducción del salario directo de los trabajadores, pero también la reducción del salario indirecto o social que reciben los trabajadores a través de prestaciones como la salud y la educación públicas, así como el salario diferido o jubilaciones y pensiones, como vemos en sucesivas reformas previsionales donde se eleva la edad para jubilarse, los años de trabajo necesarios para el retiro, entre otros. Dicho de otra forma: estas reformas fondomonetaristas son en los hechos un ataque global contra la clase trabajadora.

En nuestro país se han firmado alrededor de diez cartas de intención con el FMI, la primera fue en el gobierno del Partido Nacional de Nardone en 1959, la última fue firmada por el flamante gobierno del Frente Amplio en el año 2005, lo que fue un claro mensaje para el capital financiero de que el rumbo económico iba a seguir incambiado.

La desvalorización del salario de los trabajadores en nuestro país ha sido una constante desde los años 60 hasta la fecha, es verdad que el gobierno actual defiende una recuperación con respecto a los números de las crisis, que está registrada en las estadísticas5 :

En base a esos números se maneja una recuperación salarial en términos reales durante el gobierno progresista del entorno del 40% comparado con el 2002 y aún mayor si comparamos con el 2003. Esto desconoce la pérdida salarial que tienen los trabajadores desde hace más de cinco décadas 6:

Hoy un trabajador gana el 70% de lo que ganaba en los años 70. Pero lo que hay que tener en cuenta además, es que en las declaraciones públicas por parte del ejecutivo y las pautas salariales para la séptima ronda de consejos de salarios, se deja en claro que no va a continuar la recuperación salarial que existió en los años de bonanza donde la coyuntura permitía hacer concesiones económicas a los trabajadores.

La coyuntura presiona al gobierno, el endeudamiento creciente y acelerado en el último tiempo expresan el agotamiento de un modelo. Tanto el Frente Amplio como otros partidos socialdemócratas en la región -muy especialmente el kischnerismo- jugaron un rol de contención frente al aumento de los grados de movilización y protesta de los sectores populares, que en las crisis de principios de los 2000 hicieron tambalear a todo el sistema político. Estos partidos canalizaron la protesta hacia las vías institucionales, y con una coyuntura favorable en la región, se permitieron hacer concesiones económicas para ganarse para sí a amplios sectores populares.

Pero la coyuntura ha cambiado, el modelo neoliberal que siguió el gobierno tiene que continuar pero sin los excedentes que permitían algunas dádivas, el consenso en el modelo económico que existe entre los tres principales partidos del país ahora va a continuar en un escenario en el que necesita avanzar más decididamente sobre la clase trabajadora.

El avance o la ruptura con este modelo, y por lo tanto con el capitalismo, va a depender de la resistencia que pueda oponer la clase trabajadora y de la alianza que esta clase pueda desarrollar con todos los proletarios y semiproletarios, con los estudiantes e intelectuales críticos y con los pequeños comerciantes y pequeños productores del campo.

La disyuntiva

El aluvión neoliberal produjo estragos en la composición y la organización de la clase trabajadora. El movimiento de obrero ha sido fuertemente golpeado, tanto en su materialidad como es su subjetividad. La clase se encuentra fragmentada, heterogeneizada, precarizada, pauperizada económicamente, diezmada organizativamente y debilitada culturalmente.

Sobre este escenario general los trabajadores combaten con la espalda contra la pared, cediendo terreno permanentemente, dando la impresión por momentos de ser un ejército en retirada.

Ahora bien, para entender cabalmente y en todas sus dimensiones la crisis de las organizaciones de la clase trabajadora, no alcanza simplemente con un diagnóstico más o menos preciso que realizamos de la ofensiva del capital y sus consecuencias. Es preciso también realizar una mirada introspectiva, una radiografía al interior de las organizaciones de la clase y sus corrientes predominantes. Es una constatación obvia, que las organizaciones de la clase, de conjunto, no han sabido o no han podido definir una estrategia para enfrentar esta nueva etapa de la reestructuración capitalista.

Los principales modelos de acción sindical que orientaron a los trabajadores a lo largo del siglo XX se encuentran hoy seriamente cuestionados o lisa y llanamente agonizando.

La disyuntiva parece ser la siguiente: o cambiamos el camino y comenzamos a poner a la clase nuevamente en pie de lucha o seguiremos presenciando cómo se degrada la vida, cómo se pierden las luchas obreras al tiempo que los sindicatos aparecen como agentes extraños y alejados de la vida y las necesidades de los trabajadores, mientras crece un enorme ejército de desempleados que presiona a la baja los salarios y las condiciones de trabajo.

El consenso colaboracionista y la nueva hegemonía

Al interior del movimiento obrero y sus corrientes mayoritarias en la actualidad podemos advertir cómo el conjunto de sus acciones se orientan en el sentido de instalar un verdadero consenso colaboracionista, con fuertes componentes de disciplinamiento social y subordinación a la lógica del gobierno.

Bajo la égida de estas corrientes se pretende convertir al movimiento sindical en el legitimador social de las políticas del gobierno y en un actor protagónico y proactivo del pacto social.

Detrás esta fantasía de paz social aparece la imposibilidad de articular intereses antagónicos.

El movimiento obrero organizado no puede navegar impulsado por la leve brisa de la coyuntura sino por el huracán de la historia, es decir fijar un rumbo propio que tome distancia de un gobierno que se desplaza aceleradamente desde un tímido perfil socialdemócrata hacia uno abiertamente neoliberal.

Detener el intento de construir una nueva hegemonía sobre bases colaboracionistas y de subordinación sistémica sólo será posible desde una dinámica y correcta articulación de lucha y debate que cuestione la primacía de la racionalidad posibilista. Ninguna conquista en beneficio de los trabajadores y los pobres del mundo hubiese sido posible si las generaciones de luchadores que nos precedieron se hubiesen limitado a lo aparentemente posible. Por el contrario, el mérito de los comuneros de París, lo mártires de Chicago y los obreros de Petrogrado fue desafiar la realidad y su aparente carácter inmodificable.

Solo desde una subjetividad capturada por la ideología dominante se puede pensar que los jornales solidarios y el plan de emergencia pueden ser políticas que contribuyan a la emancipación de la clase. Cualquier aprendiz de marxista sabe que no se puede resolver, ni siquiera mínimamente, el «problema de la pobreza», sin meterse definitivamente con la riqueza.

Algunos desafíos inmediatos

En nuestra opinión el movimiento obrero debe afrontar en forma urgente la superación de los siguientes desafíos que lo interpelan y cuestionan:

  1. Recuperar la confianza en sus propias fuerzas, es decir sentirse capaz de incidir en el curso de la historia a su favor. Volver a levantar un proyecto histórico-societal propio de los trabajadores. Insistir en el plano ideológico y subjetivo en el carácter irreformable del capitalismo y la necesidad de su superación por la revolución social, en consecuencia, tomar distancia de cualquier planteo de conciliación de clases y levantar una estrategia anticapitalista y socialista. En definitiva, para decirlo con las palabras de Marx: pasar de clase en sí a clase para sí.

  2. Romper los corporativismos para ser capaces de dar peleas de conjunto tanto en el plano nacional como en el internacional. Volver a colocar al internacionalismo proletario en el orden del día de cada lucha popular. Otra vez recurrimos al «viejo de barba»: los obreros no reconocen más fronteras que las que imponen las clases sociales.

  3. Recuperar la cultura obrera en todas sus formas promoviendo una nueva subjetividad que apunte a la promoción de valores contrahegemónicos y anti-sistémicos.

  4. Quebrar la dicotomía entre trabajador ocupado y trabajador desocupado y la de trabajador tercerizado y trabajador con un contrato formal, generando estructuras que contengan a todos para potenciarse mutuamente.

  5. Vincularse activamente y en alianzas estables y duraderas con otros sectores sociales y políticos dispuestos a luchar desde una perspectiva de superación del capitalismo.

Ideas para un nuevo modelo sindical

En función de lo que indicamos precedentemente, el desafío central a mediano plazo se ubica en la necesidad de generar un nuevo modelo de acción sindical capaz de dar respuesta a la ofensiva del capital contra el trabajo.

En este sentido es imprescindible hurgar en la historia para recoger el vasto y rico bagaje de experiencia de los oprimidos y explotados, para reactualizarlo y ponerlo al servicio de la lucha de clase en la actual coyuntura. En nuestra opinión, la construcción de este nuevo modelo de acción sindical debe buscar su inspiración en las experiencias de más de un siglo de luchas obreras. A riesgo de aparecer como un «dinosaurio», diríamos que en la propia génesis de nuestro movimiento sindical se encuentran buena parte de las respuestas que precisamos para superar la actual crisis del sindicalismo.

El sindicalismo combativo y clasista en el Uruguay cuenta con una larga historia y un rico acopio experimental. Desde principios del siglo pasado se desarrollan en nuestro país experiencias de este tipo.

En síntesis, se trata de romper el consenso colaboracionista instalado en las corrientes hegemónicas del movimiento obrero organizado, y quebrar definitivamente la lógica de conciliación que orienta las prácticas actuales. Sólo con un movimiento obrero que se piense así mismo como una fuerza capaz de modificar el curso de la historia podemos pensar en una alternativa a la crisis y a la barbarie promovida por el capital.

Se trata entonces, de avanzar en la construcción de un movimiento sindical que se piense a sí mismo como el otro antagónico del capital y nunca como su colaborador pasivo.

La fuerza del trabajo asociadas en pos de un proyecto propio que no puede ser otro que un proyecto anti capitalista.

La potencialidad invencible de la clase obrera políticamente organizada desde una clara matriz socialista y construyendo la perspectiva emancipatoria.

Si algo ha quedado demostrado con meridiana claridad es que el capitalismo no tiene más para ofrecer a la humanidad más que la reproducción sistemática y acelerada de la injusticia, la desigualdad, la miseria y la muerte.

Un ciclo que se cierra y otro que se abre

A lo largo de la rica historia del movimiento obrero uruguayo muchos fueron los intentos por generar herramientas unificadoras que permitieran potenciar la acción de las organizaciones de los trabajadores.

Durante las primeras seis décadas del siglo XX la clase obrera uruguaya construyó múltiples y diversas experiencias asociativas. Desde los primeros intentos promovidos por trabajadores libertarios hasta la conformación de la CNT los trabajadores se encontraron agrupados en más de una entidad sindical.

La CNT nace como la síntesis necesaria y posible en esa etapa del movimiento obrero uruguayo.

El sinuoso camino de la unidad sindical en nuestro país estuvo pautado por fuertes debates ideológicos y por las determinaciones de la coyuntura nacional e internacional.

Si bien todas las corrientes del movimiento sindical coinciden en señalar a la CNT como la construcción unitaria de mayor gravitación en la historia. Es preciso entender que las condiciones que le dieron origen han sufrido importantes transformaciones en los últimos años y que la propia CNT se ha metamorfoseado particularmente a partir de la llegada al gobierno del progresismo.

Los elementos más sobresalientes que oficiaron como condición de posibilidad del proceso unitario que coronó a mediados de los años sesenta fueron:

  • La existencia de un proceso revolucionario a escala mundial alumbrado por la revolución Cubana.

  • La existencia de un auge exponencial de la lucha popular en el Uruguay como respuesta a la profunda crisis del sistema de dominación.

  • La existencia de un marco represivo que obligaba a mancomunar esfuerzos entre las distintas corrientes para su enfrentamiento.

  • La preparación por parte del imperialismo y las clases dominantes del golpe de Estado y la dictadura fascista.

  • La presencia en el gobierno de los sectores más rancios de la burguesía.

  • La profunda convicción en todas las corrientes del movimiento obrero de la necesidad de construir una sociedad sin explotados ni explotadores.

  • El carácter anti capitalista y socialista de la casi totalidad de los sectores que influenciaban a las organizaciones de los trabajadores.

  • La defensa de un programa propio de los trabajadores y el movimiento popular surgido en el Congreso del Pueblo.

  • La presencia de intelectuales comprometidos y orgánicos del movimiento popular. Entre otras razones.

En la actual coyuntura resulta evidente que estas condiciones deben ser sometidas a análisis crítico.

En efecto, la inmensa mayoría de los sectores que hoy dirigen el movimiento sindical han renunciado abiertamente a la perspectiva socialista limitando su accionar a la lucha economicista en el marco del tripartismo y la conciliación de clases.

De la democracia obrera, la movilización y la acción directa se pasó a la domesticación de las luchas, los dirigentes profesionales y los negociadores eternos.

Del odio de clases y la lucha por la revolución se pasó a las cenas con el imperialismo, los viajes con el empresariado y la subordinación obscena a la lógica del gobierno progresista.

En los convulsos años sesenta y setenta los debates en el movimiento obrero giraban entorno a los métodos de lucha, a las vías de la revolución, a los caminos hacia la toma del poder, etc. Nadie por entonces renunciaba (por lo menos explícitamente) a la perspectiva socialista.

Hoy se debate al interior de los sectores hegemónicos del sindicalismo acerca de cómo defender mejor al gobierno progresista convirtiendo a las organizaciones de la clase en legitimadoras sociales de la política gubernamental.

No es exagerado sostener que en la conducción actual del PIT-CNT se encuentran verdaderos agentes del gobierno que privilegian su compromiso orgánico con el progresismo frente a los intereses de los trabajadores.

La lucha con los sectores que hoy conducen la convención de trabajadores ya no es simplemente una lucha de ideas en función de divergencias estratégicas, sino que se trata de la lucha entre los representantes de la ideología dominante en el movimiento obrero y quienes seguimos defendiendo el camino de la liberación de la clase.

Encaramados en la conducción del movimiento sindical ya no hay simples reformistas equivocados sino verdaderos funcionales a la política del capital.

Construir la unidad de los que luchan

Nuestra unidad es la unidad del programa histórico de los trabajadores.

Nuestra unidad es la unidad del proyecto emancipador de los trabajadores.

Nuestra unidad es la unidad de los explotados y oprimidos contra los explotadores y opresores.

Nuestra unidad es la unidad de los que luchan contra los que concilian y entregan.

Nuestra unidad reconoce y respeta las diferencias y divergencias pero siempre desde un claro anclaje de clase.

Nuestra unidad no es un fetiche ni una abstracción sino una herramienta para la concreción de nuestros objetivos.

Nuestra unidad no es la unidad estática y formal sino la unidad del movimiento real de la lucha de clases.

Orientados por estas premisas creemos necesario trabajar para unir todo lo susceptible de ser unido.

No imaginamos simplemente una unidad defensiva y de resistencia sino una unidad ofensiva y de avance de la clase.

Nuestra unidad no sólo debe potenciarse en el enfrentamiento al enemigo sino que debe fijar su agenda propia y desarrollar efectiva capacidad para convertirse en referencia de lucha para las grandes masas de trabajadores.

Nuestra unidad puede tener flexibilidad táctica pero debe tener intransigencia estratégica.

Construir la unidad orgánica de los que luchan es en nuestra opinión el desafío estratégico más importante de esta etapa.

Algunos elementos de la realidad empiezan a cambiar a nuestro favor y es preciso estar muy atentos al devenir concreto de las luchas populares.

En este proceso resulta una condición indispensable aventar todos los sectarismos y las mezquindades para colocar el objetivo histórico por sobre cualquier otro elemento menor que nos distraiga del camino. Confianza infinita en las fuerzas de la clase obrera y actitud de alerta contra los oportunistas de todo pelo y color.

Ningún camino se recorre sin dar los primeros pasos y ninguna distancia se acorta sin movimiento.

Frentes para la lucha y actitud hacia los sindicatos

Se hace necesario impulsar la articulación de frentes para la lucha con los más diversos actores populares y las más heterogéneas organizaciones que pongan en común objetivos concretos, reivindicaciones comunes y definan una estrategia de acción.

La etapa actual de la lucha de clases en nuestro país encuentra a los trabajadores exhibiendo una enorme fragmentación y una dispersión notoria de sus fuerzas, lo que debilita marcadamente sus posibilidades de victoria en los conflictos y luchas concretas por sus aspiraciones inmediatas.

Unificar los conflictos y ampliar la base de sustentación de nuestros planteos parece ser el camino que debemos transitar sin prejuicios y abiertos a las diferentes matrices organizativas que se dan los trabajadores y demás sectores de nuestro pueblo.

La experiencia del movimiento «Todos por el Clínicas» demostró ser exitosa y derrotó por primera vez una PPP en Uruguay. Movilizó a miles y artículo con independencia con las fuerzas políticas de la izquierda independiente. Debemos extraer las conclusiones de esta lucha y promover sin calco su aplicación a otras realidades.

Promover los frentes de lucha no significa poner a los trabajadores a la saga de direcciones oportunistas sino potenciar la unidad de los que luchan y resisten.

La clase obrera es la principal fuerza motriz de la revolución, es tarea de los socialistas auténticos luchar por la unidad la misma para enfrentar al Poder del capital. Pero esta reivindicación tiene por sobre todo un valor estratégico, si de otro modo, lo esgrimiéramos como un principio táctico aplicable siempre y vaciado de su contenido fundamental (luchar contra el Poder del capital), en la realidad de nuestro movimiento obrero estaríamos aceptando la subordinación de todos los trabajadores a la conducción de la central actual.

En diversos países las organizaciones sindicales dirigidas por el oportunismo se han integrado en la organización económica y estatal del capitalismo, han pasado a la colaboración abierta con las patronales, con el capital financiero y con los gobiernos burgueses. Este movimiento sindical no desafía al capitalismo sino que trabaja para él. El PIT-CNT ya transita el camino para ubicarse en esta línea sindical.

Es tarea de todos los socialistas auténticos que tienen actividad en el movimiento social desenmascarar lo que hacen estos oportunistas, socavar sus posiciones en el movimiento sindical y desplazarlos de las conducciones cuando la coyuntura lo permita y cuando no, crear sindicatos revolucionarios, que auténticamente representen a los trabajadores y enfrenten al capital.

Las organizaciones en las que avancen posiciones auténticas de la clase obrera y las que se vayan creando tienen que tener el norte de la unidad para luchar contra el Poder del capital, contra su demagogia y contra las posiciones conciliadoras.

Para nada la tarea de crear sindicatos revolucionarios significa abandonar el trabajo en los que el reformismo y el oportunismo tiene el control, esto sería abandonar a miles de trabajadores para que sean usados para beneficio de los intereses de estas cabecillas y del capital. El militar en esos sindicatos no es un tema de coyuntura o de «táctica», sino que es una actitud de principio, que se basa en la necesidad de buscar la unidad de la clase obrera contra el capital, que no puede alcanzarse si no se trabaja intensamente entre las masas para apartarlas de la influencia de la burguesía y de los diversos oportunistas.

El objetivo de trabajar en los sindicatos dirigidos por cúpulas oportunistas no es reeducar ni reformar a éstas, sino trabajar entre amplios sectores de trabajadores para impulsar acciones anticapitalistas, antiimperialistas y contra el oportunismo.

Diversos sectores del gobierno que tienen una importante presencia en los movimientos sociales, se esfuerzan y logran hoy en día en la mayoría de los casos, controlar distintas manifestaciones de masas y limitar sus reivindicaciones a los límites aceptables para la burguesía. Los hombres y mujeres de izquierda que militamos en el movimiento social lejos de ponernos al margen de distintas manifestaciones que cobran un carácter de masas so pretexto que son los partidos burgueses y reformistas que las cooptan, tenemos que participar activamente en las mismas y convertir a estas manifestaciones en choques de carácter político contra la burguesía y sus lacayos.

La coyuntura actual nos exige un trabajo amplio en base a una flexibilidad táctica que pueda unir a todos los sindicatos que estén dentro o fuera de la central oficial, de todos los núcleos de trabajadores de dentro o fuera de los sindicatos tradicionales, a todos los gremios, nuevos y viejos, que estén dispuestos a luchar y resistir el avance del capital, y trabajar para generar las condiciones, para pasar de esta resistencia a una ofensiva.

La formación sindical oficial del PIT-CNT

Debemos oponernos con firmeza al tipo de formación que se le ofrece a los trabajadores desde los Instituto Cuesta Duarte de la central sindical, desde donde se forma con el financiamiento explícito de las centrales socialdemócratas europeas e incluso sionistas.

El programa de formación que se aplica a los nuevos militantes sindicales está orientado a formar «negociadores profesionales», lo que equivale a decir, conciliadores profesionales.

Es imprescindible revertir esta orientación y disputarle al reformismo también la cabeza de los jóvenes militantes sindicales a los que debemos formar como militantes conscientes del rol que ocupan en las relaciones sociales capitalista y los caminos de su superación.

La formación sindical que precisamos

La formación debe ser una tarea permanente y jerarquizada de la vida política.

Debe ser integrada a la cotidianidad de la acción militante en el mismo nivel de importancia que tiene asistir a la asamblea, repartir el periódico o el volante.

Vale decir, no se puede pensar la formación como una tarea para cuando nos sobra el tiempo, tenemos que orientarnos por aquella certera apreciación de Lenin cuando afirmaba: “debemos preparar hombres que no consagran a la revolución sus tardes libres, sino toda su vida”.

Las clases poseedoras forman sus cuadros para la perpetuación de la injusticia recurriendo para ello a sus propios hijos, a sectores de las capas medias a los que seduce y a sectores del movimiento popular a los que copta. Los trabajadores debemos formar nuestros propios cuadros desde el propio seno de la clase obrera y hermanados con los intelectuales honestos dispuestos a asumir el rol que le asignara Gramsci de convertirse en intelectuales orgánicos de la clase trabajadora.

La revalorización de la labor teórica es una necesidad impostergable a la hora de pensar la transformación social. La educación política es un momento más de la vida militante, al que debemos prestar particular atención.

Comprender las principales tendencias que operan sobre la realidad, estudiar su desarrollo y profundizar en la comprensión de los aportes teóricos que explican el desarrollo del capitalismo y los caminos para su superación es una herramienta imprescindible para la praxis política.

La educación política nos pone al resguardo de desviaciones voluntaristas y nos posibilita definir una estrategia de acción.

En tal sentido, la formación contribuye al desarrollo integral del militante, potencia su capacidad crítica y lo dota de mayores elementos para la intervención en la realidad en la que gravita. Una premisa fundamental debe enmarcar la formación militante; formación para la acción y acción para la transformación. En definitiva saber más para luchar mejor, porque quien no sabe contra quién lucha no puede vencer.

No se trata de formar repetidores sino de pegar la formación al movimiento real de la lucha de clases. Concibiendo la teoría como guía para la acción y como herramienta para la intervención.

Tal como lo señalara Marx en su célebre tesis once sobre Feuerbach, no alcanza con interpretar el mundo de lo que se trata es de transformarlo. Y para el desarrollo de esa monumental y necesaria empresa de cambiar la realidad y la vida debemos formarnos y dotarnos de una concepción del mundo.

Es preciso aclarar que cuando nos referimos a la necesidad de la educación política de los trabajadores tomando como referencia el marxismo no estamos pensando en un marxismo para marxólogos, ni en un marxismo inofensivo, estamos pensando en Marx como el más grande teórico del anticapitalismo que haya parido la humanidad. Quien colocara por primera vez en la escena político universal al proletariado como sujeto social en cuya organización reside la posibilidad de darle sepultura al capitalismo.

Si el cuerpo teórico del marxismo alumbró la acción de los oprimidos desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante, es seguramente en el presente siglo donde las ideas de Marx tienen más para decir a la hora de construir un mundo superador del injusto e inhumano orden del capital.

Y cuando pensamos en el socialismo estamos pensando en la educación, porque no pensamos el socialismo simplemente como un proceso de reparto equitativo de bienes materiales sino como un proceso integral de superación del ser humano.

Rosa Luxemburgo consignaba en 1916: el socialismo no es precisamente un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo. La propia Rosa también afirmaba: no se puede arrojar contra los obreros insulto más grosero ni calumnia más indigna que la frase ‘las polémicas teóricas son sólo para los académicos’.

Entonces, la educación cumple un rol insustituible a la hora de elevar los niveles de conciencia de los trabajadores, le permite comprender en términos teóricos las razones de sus sufrimientos empíricos. Es a través de la educación que un trabajador comprende que la injusticia no tiene origen antropológico ni divino sino que es el resultado de una relación social fundada en la apropiación privada del trabajo social.

Al tiempo que en manos de las clases dominantes la educación se convierte en justificación del orden establecido, en domesticación y sometimiento, en manos del campo popular la educación es arma contra la alineación. La educación es también un terreno de combate.

Una correcta articulación de la acción práctica y la reflexión teórica posibilita a los trabajadores comprender cabalmente el rol que ocupan en la sociedad y adquirir la conciencia necesaria que permita el pasaje de clase en sí a clase para sí.

La educación política permite también desarrollar sensibilidad social y apropiarse creativamente de los más avanzado de la cultura y el arte que no puede estar reservado para los salones de la aristocracia.

Debemos propiciar ámbitos permanentes de formación política para los trabajadores, cursos regulares y sistemáticos, seminarios, talleres, publicaciones, bibliotecas y hasta universidades obreras. Recuperando las más ricas experiencias históricas del campo popular llevando adelante al mismo tiempo que la educación formal las prácticas del auto didactismo y el mutuo didactismo, generando valores contrahegemónicos y solidarios.

Conclusiones

La coyuntura actual está marcada por una nueva ofensiva del capital financiero contra los trabajadores. El trabajo de zapa que ha hecho el oportunismo en las filas del movimiento obrero ha diezmado la capacidad de combate de la clase trabajadora.

Urge la reorganización del movimiento sindical sobre las bases históricas que ha tenido el mismo en nuestro país, para poder enfrentar la coyuntura difícil que tienen los trabajadores por delante.

Para encarar los desafíos que tiene por delante la clase trabajadora, es necesario luchar por la recomposición de sus organizaciones de clase, y muy especialmente su organización principal, su Partido, que le permita actuar en la sociedad como clase independiente y con un programa propio. Pero este problema ya escapa a los alcances de este material.

1  La cita de Marx esta extraída de X. Arrizabalo. 2014.

2  Harvey, David. Breve historia del neoliberalismo. p. 169.

3  Ídem. p. 175.

4  Ídem. Pg. 180-181.

5  En base a datos del INE

6  Ídem


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